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Relaciones de pantallas

Tengo la sensación de que hemos establecido un sentimiento de amor-odio con las pantallas a raíz de la pandemia. 

Antes de que la COVID-19 hiciera volar por los aires nuestra vida social, empleábamos las pantallas con dos propósitos: trabajo o estudio, y ocio o descanso. Es decir, como herramientas de trabajo en la oficina durante el horario laboral y como mecanismo de evasión frente a la televisión en situaciones de ocio.

Ahora hemos aprendido a incorporar las pantallas en nuestras interacciones sociales para continuar en contacto con nuestro círculo más cercano, a través de una nueva modalidad: el cibercontacto.

Las pantallas nos han facilitado poder tener conversaciones en las que ver y escuchar a nuestros familiares. Observar a alguien en una pantalla del móvil o del ordenador nos ha paliado la sensación de soledad, de tristeza y de angustia. La pandemia ha evidenciado la importancia del lenguaje de los gestos: un abrazo, un beso, una caricia, un apretón de manos, etc. Incluso en el tú a tú hemos llegado a interpretar sonrisas que se ocultan tras las mascarillas. 

A través de las pantallas hemos canalizado emociones de despedida: cada vez que los profesionales sanitarios han facilitado digitalmente, a pacientes graves, la despedida a sus familiares cuando el contacto era imposible o, incluso, realizando rituales fúnebres a través de videoconferencias donde compartir el dolor y el sufrimiento de la pérdida de un miembro de la familia.

En la actualidad, cuando la pandemia continúa afectando a todos los aspectos de nuestra vida, hemos asimilado el uso de las pantallas como herramientas que nos conectan con nuestros allegados. 

Hemos aceptado el cibercontacto como bálsamo para aliviar nuestra necesidad de relacionarnos.

De este modo, hemos incorporado a estos artefactos una nueva funcionalidad, la social, que se ha hecho un hueco coexistiendo con nuestra vida laboral y de ocio. 

Incluso las pantallas se han convertido en cómplices de nuestras relaciones sexuales a través del cibersexo, en una circustancia donde el contacto físico es complejo.

El tiempo nos dirá hasta qué punto las pantallas se van a convertir, todavía más, en herramientas de dependencia. 

Hasta qué punto vamos a substituir, con las pantallas, algunas necesidades esenciales como las relaciones interpersonales rostro a rostro, la docencia a través de aulas digitales o la transformación de nuestros hogares en espacios multifuncionales como oficinas o despachos. 

Sin duda, un nuevo desafío para el homo consumens.

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