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La Psicología aplicada a las Redes Sociales

Episodio #1

¿Existió una estrategia emocional en el momento de la creación de Instagram? ¿Buscamos en las redes la aceptación del grupo? ¿Hemos aceptado el cibercontacto como método para aliviar nuestra necesidad de relacionarnos? ¿Las redes sociales fomentan el individualismo?

Intentaré ofrecer respuesta a cada una de estas preguntas en el primer episodio de Humanidad Digital.

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Relaciones de pantallas

Tengo la sensación de que hemos establecido un sentimiento de amor-odio con las pantallas a raíz de la pandemia. 

Antes de que la COVID-19 hiciera volar por los aires nuestra vida social, empleábamos las pantallas con dos propósitos: trabajo o estudio, y ocio o descanso. Es decir, como herramientas de trabajo en la oficina durante el horario laboral y como mecanismo de evasión frente a la televisión en situaciones de ocio.

Ahora hemos aprendido a incorporar las pantallas en nuestras interacciones sociales para continuar en contacto con nuestro círculo más cercano, a través de una nueva modalidad: el cibercontacto.

Las pantallas nos han facilitado poder tener conversaciones en las que ver y escuchar a nuestros familiares. Observar a alguien en una pantalla del móvil o del ordenador nos ha paliado la sensación de soledad, de tristeza y de angustia. La pandemia ha evidenciado la importancia del lenguaje de los gestos: un abrazo, un beso, una caricia, un apretón de manos, etc. Incluso en el tú a tú hemos llegado a interpretar sonrisas que se ocultan tras las mascarillas. 

A través de las pantallas hemos canalizado emociones de despedida: cada vez que los profesionales sanitarios han facilitado digitalmente, a pacientes graves, la despedida a sus familiares cuando el contacto era imposible o, incluso, realizando rituales fúnebres a través de videoconferencias donde compartir el dolor y el sufrimiento de la pérdida de un miembro de la familia.

En la actualidad, cuando la pandemia continúa afectando a todos los aspectos de nuestra vida, hemos asimilado el uso de las pantallas como herramientas que nos conectan con nuestros allegados. 

Hemos aceptado el cibercontacto como bálsamo para aliviar nuestra necesidad de relacionarnos.

De este modo, hemos incorporado a estos artefactos una nueva funcionalidad, la social, que se ha hecho un hueco coexistiendo con nuestra vida laboral y de ocio. 

Incluso las pantallas se han convertido en cómplices de nuestras relaciones sexuales a través del cibersexo, en una circustancia donde el contacto físico es complejo.

El tiempo nos dirá hasta qué punto las pantallas se van a convertir, todavía más, en herramientas de dependencia. 

Hasta qué punto vamos a substituir, con las pantallas, algunas necesidades esenciales como las relaciones interpersonales rostro a rostro, la docencia a través de aulas digitales o la transformación de nuestros hogares en espacios multifuncionales como oficinas o despachos. 

Sin duda, un nuevo desafío para el homo consumens.

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Post Redes Sociales

¿Qué representa el silencio en las redes sociales?

Hace un año que me apagué digitalmente y dejé de publicar contenidos en mi perfil de Instagram. Publicaba de forma asidua y, además, comentaba las publicaciones de otros seguidores, como la gran mayoría de los usuarios hace. Pero sucedió algo curioso: al cabo de un mes, recibí un mensaje privado de un contacto que me preguntaba cómo estaba, si me había ocurrido algo o si mi familia estaba bien.

Antes me gustaría dejar claro que no hice ningún “detox digital” o desintoxicación digital, porque esa práctica conlleva no acceder a dispositivos electrónicos durante un período de tiempo y, por el contrario, yo seguía enviando correos electrónicos o contestando WhatsApps de mi pareja, amigos o familiares, pero sin publicar nada en mis redes sociales. 

El silencio es ausencia de comunicación, y en las redes sociales es extraño. Nos sitúa en una posición de alerta. 

Los expertos nos ubican en la era de la imagen, pero también aportaría que vivimos en la era del ruido. Un zumbido casi inherente con el que tristemente ya estamos familiarizados. 

Incluso para algunos el silencio es incómodo y es sinónimo de miedo, por eso ponen la radio o la televisión en momentos de soledad, porque necesitan llenar el vacío comunicativo.

Guardamos minutos de silencio como valor de respeto y permanecemos en silencio cuando visitamos algunos lugares de culto.

Al mismo tiempo el silencio es ausencia de lenguaje cuando no sabemos qué decir, y también es plenitud de lenguaje cuando nos correspondemos con una mirada y sobran las palabras.

Está claro que en las redes sociales no existe el silencio, se trata de un espacio donde el impacto y la palabrería son constantes. Además, vivimos enganchados a un algoritmo indescifrable que nos premia o nos penaliza a mayor número de publicación de contenidos.

Decía San Juan de la Cruz que debíamos “apartarnos del mundanal ruido” para conectar con el silencio y escuchar nuestra voz interna.

¿Qué pasaría si de golpe todos nos quedásemos en silencio en las redes sociales?